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Mientras estamos en campaña electoral, el mundo se mueve

05/08/2019  |  OPINION  |  

Mientras en la Argentina la campaña electoral ocupa la centralidad del debate político, en el mundo una agenda conflictiva está en gestación. Las implicancias de esa dinámica global no deberían ser ignoradas por quienes razonan estratégicamente pensando en el día después. Veamos, entonces, qué geografías y temas no nos son ajenas.

China es, sin duda, un socio insoslayable de la Argentina. Comercio e inversiones constituyen una realidad. Esta relación bilateral es observada con suma atención por los Estados Unidos, que han definido como objetivo la contención a China, según se desprende del discurso pronunciado por el Vicepresidente Mike Pence en el Hudson Institute (10/2018). De manera que “mirar a China” resulta un ejercicio obligatorio para el diseño de una política exterior realista.

Más allá de las complejas negociaciones que se desarrollan entre Washington y Pekín, referidas a la guerra comercial, en verdad un capítulo de la pulseada por el poder, China hoy se encuentra en una encrucijada. El presidente Xi no ignora que la política de conectividad expansiva que está detrás de la “Iniciativa OBOR”, una suerte de diseño estratégico global, depende de la capacidad china de atraer aliados, eso se llama “soft power”.

En China esa dimensión del poder, que los EE.UU han tenido y que hoy Donald Trump dilapida, está ausente. A pesar de sus esfuerzos, el “modelo chino” no resulta exportable. No se trata de temores infundados, algunos países africanos y asiáticos vienen cuestionando muchos de sus programas.

El gobierno chino ha recogido el guante y trata de introducir modificaciones, por ejemplo en el repago de los créditos. También apunta al diálogo entre civilizaciones, pero la clave de bóveda de la atracción del modelo chino pasa por la política, en concreto su visión de la democracia y de los derechos de los individuos.

Es por esa razón que el régimen chino viene dudando acerca de qué hacer en Hong Kong: reprime o mantiene el esquema de un país dos sistemas, que supone cumplir la transferencia de soberanía acordada en 1997 y que implica aceptar, hasta el 2047, un marco jurídico de libertades.

Si reprime, la memoria global se remontará a la represión de la Plaza de Tiananmen de 1989. La oposición hongkonesa enfrenta hace semanas al régimen porque entiende que si se aprueba una ley de extradición, las libertades desaparecerán. La contienda no se resuelve y llama la atención el tiempo de indecisiones. Pekín no ignora que en plena pulseada con Trump el costo del uso de la fuerza es enorme. Globalmente sería negativo.

Por ejemplo en Taiwán facilitaría la reelección de la actual presidenta, Tsai Ing-we, en las elecciones de enero del 2020. Ella es partidaria de la declaración de independencia y en Washington el Consejero para la Seguridad, John Bolton, abrió nuevos escenarios. Declaró “que la política de una sola China tal vez deba ser revisada”. El reciente contrato de venta de armas americanas a la Isla avala sus dichos.

En la agenda de conflictos también debemos observar el Brexit. La nostalgia imperial que estuvo detrás de la consulta “quedarse o irse” de Europa, que ya se realizó en 1975, sólo que en aquella oportunidad los británicos decidieron quedarse en Europa, modificará la estructura del proyecto de integración en momentos en que Europa está amenazada por el proteccionismo trumpista y por el expansionismo chino.

La nueva configuración del poder mundial que esto supone no es un dato menor para la Argentina. Se trata de una relación histórica que ahora se acaba de perfeccionar con el Acuerdo Mercosur/Unión Europea. Un nuevo capítulo debe abrirse en nuestra política hacia Europa. Allá, obligadamente, soplan vientos de cambios. Europa sabe que deberá defenderse en base a sus propios recurso militares; que se enfrentará con los EE.UU, porque al imponerle cargas impositivas a la industria numérica americana (las GAFA) Trump reaccionará con más aranceles y no ignora que está atrasada en la carrera por la inteligencia artificial.

En este contexto, la Unión irá redefiniendo su política exterior. Occidente, que la tuvo como actor protagónico, se está evaporando, por ello necesita resetear su política exterior. Debe encontrar un diálogo con Moscú; le será difícil coordinar con Washington en el espacio de la diplomacia multilateral; debe reconstruir su relación con China y en materia comercial está obligada a firmar acuerdos de libre comercio que compensen las implicancias de la depreciación de la OMC. De allí la importancia de rejerarquizar este viejo instrumento de inserción internacional.

Finalmente “nuestro barrio”. El Acuerdo Mercosur/Europa tiene implicancias que van más allá del comercio. De haber seguido con la lógica de los antecedentes, el futuro estaba escrito: con Bolsonaro, Brasil renovaba una vieja alianza con Washington, como existió en los ’40 y en los ’70. Pero el tropismo americano del ala política de Brasil aún sobrevive, por eso Washington insiste en un Acuerdo Comercial bilateral USA/Brasil. Bolsonaro duda, porque no termina de digerir el veto climático francés que condiciona el Acuerdo recientemente subscripto entre la Unión Europea y el Mercosur.

Es de esperar que finalmente se concrete lo firmado; eso facilitará que la adaptación de nuestras economías a la nueva agenda internacional pueda realizarse en forma simultánea.



Fuente: Clarin